El 28 de septiembre de 1978 el último Papa italiano, Albino Luciani, apareció muerto en su cama. La versión oficial, muerte súbita por ataque cardíaco. Extraoficialmente, una feroz lucha por el poder.

La noche del 28 de septiembre de 1978, hace 40 años, el Papa Juan Pablo I murió después de 33 días de reinado. La brevedad del papado del último pontífice italiano y la sorprendente noticia de su inesperada muerte generaron a lo largo de los años siguientes una serie de sospechas y teorías conspirativas, en la prensa, pero también dentro de la Curia romana. ¿Murió Juan Pablo I, de nombre Albino Luciani, por causas naturales, como se dijo oficialmente, o fue envenenado? ¿Qué reforma profunda estaba programando para la Iglesia católica? ¿Había un sector preocupado por las posibles reformas que prometía el nuevo pontífice? ¿Por qué los papas que le sucedieron, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, jamás pronunciaron una palabra sobre la muerte del Papa Luciani?

MUERTO EN SU CAMA

 

A las 5.15 de la mañana del 29 de septiembre, sor Vicenza, una monja que llevaba dos décadas al servicio del Papa, dejó la bandeja con café en la sacristía privada del papa, junto a su habitación del Palacio Apostólico. A la hora establecida, fue a retirar la bandeja pero el café seguía en la taza. Preocupada, golpeó la puerta pero no recibió respuesta: “¡Santidad, no debe hacerme estas bromas!”, le gritó. Al cabo de unos instantes, abrió la puerta y encontró al Papa muerto. Según el relato de sor Vicenza, el Papa estaba todavía en ropa de dormir, recostado en la cama, sobre varios almohadones. En sus manos había varios documentos, los que había llevado la noche anterior para revisar antes de dormir, y la luz estaba encendida. “Ni una arruga”, contó sor Margherita, a la periodista italiana Stefania Falasca. “Su santidad estaba recostado un poco a la derecha, con una leve sonrisa, las gafas puestas, los ojos medio cerrados, como si durmiera. Le toqué las manos. Estaban frías. Me impresionaron las uñas, un poco oscuras”. “Estaba en su cama, con la luz sobre el cabecero para leer encendida”, contó sor Margherita, también al servicio papal. “Tenía dos almohadones detrás de la espalda que lo mantenían un poco levantado. Tenía las piernas extendidas y los brazos sobre las sábanas. Estaba en pijama y entre las manos agarraba unos folios. La cabeza estaba girada hacia la derecha con una ligera sonrisa. Tenía las gafas apoyadas sobre la nariz y los ojos medio cerrados. Parecía dormido. Le toqué las manos. Estaban frías. Me impresionaron las uñas, un poco oscuras”. El obispo irlandés John Magee, secretario privado del Papa, ordenó a las mujeres que no dijeran que habían sido ellas quienes descubrieron el cadáver. La información oficial indicó que fueron los secretarios quienes encontraron muerto al Papa porque no les parecía informar que fueron mujeres las que entraron al dormitorio papal. “A las cinco y media de la mañana, una monja me despertó agitadísima: ‘El Papa ha muerto’, me dijo”, contó Magee veinte años después. Un ataque cardíaco, provocado por el estrés, lo había matado súbitamente según el comunicado oficial. Paralelamente, mientras los tanatólogos embalsamaban a Luciani, como prevé el ritual funerario, algunos miembros de la Curia ya se preguntaban: ¿Una muerte súbita es siempre natural?

UN MUERTO ANTE EL PAPA

 

Dos semanas antes de morir, Juan Pablo I recibió en audiencia a Nikodim, representante de la Iglesia ortodoxa rusa en Leningrado y agente de la KGB. Nada más retirarse a hablar en privado, Nikodim, de 49 años, cayó al suelo y murió súbitamente de un ataque cardíaco frente al Papa, quien llamó de inmediato al médico y, después, le dio la bendición y los primeros auxilios. Nikodim era considerado uno de los jerarcas ortodoxos más valioso para la inminente negociación con la Unión Soviética sobre la libertad de culto. Su Iglesia le había encargado fomentar el diálogo ecuménico con el catolicismo y con las demás confesiones cristianas, y había seguido como observador algunas fases del Concilio Vaticano II. Juan Pablo pasó varias noches sin dormir preguntándose qué había sucedido. ¿Fue natural esa súbita muerte?

LA VERSIÓN DE LA FAMILIA PAPAL

En 1991, la familia del fallecido Papa reveló que la muerte no le llegó en la cama del Palacio Vaticano, sino en su escritorio, y que sí se le habría realizado una autopsia pese a que la ley vaticana lo prohíbe:  “Aquella mañana, antes de las siete, me telefoneó Diego Lorenzi, uno de sus secretarios para decirme que había muerto mi tío”, contó Pía Basso. “Estaba trabajando en su escritorio; lo encontró sor Vincenza, la religiosa que lo cuidaba desde hacía veinte años, pero diremos que estaba en el lecho y que lo encontró el padre Magee . No era conveniente que la gente supiera que una mujer entraba en la habitación del Papa”. La sobrina del Papa descartó hace 27 años la hipótesis del envenenamiento: “Es imposible, no ha comido o cenado jamás solo. Siempre estaban los dos secretarios e invitados. Y cocinaba Sor Vincenza, la misma persona que le llevaba las pastillas o le ponía las inyecciones”. “Mi tío, en contra de lo que se creía, se acostaba muy tarde”, agregaba. “Se encerraba en su habitación y leía hasta la medianoche. No libros, sino informes de alto secreto que llegaban de la Secretaría de Estado”.

TENÍA PROBLEMAS CARDÍACOS

John Magee contó que el médico del pontífice, Renato Buzzonetti, le informó que la noche antes, mientras rezaban juntos, antes de cenar, el Papa había sentido un fuerte dolor en el pecho, en el tercio superior de la zona del esternón. Aquel dolor se prolongó cinco minutos pero Albino Luciani no le dio importancia y no quiso que se llamara al médico. La periodista Stefania Falasca cuenta en su libro que en 1975 Luciani, tres años antes de ser electo Papa, tuvo una afección cardiovascular, por la que fue hospitalizado y tratado con anticoagulantes. Tres días antes de morir, el Papa llegó asegurar según Magee que presentía su final: “Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar”. Un informe enviado a la Secretaría de Estado el 9 de octubre de 1979 y publicado por Stefania Falasca detalla el “episodio de dolor localizado en la parte superior de la región esternal, sufrido por el Santo Padre hacia las 19:30 del día de la muerte, prolongado durante más de cinco minutos, que se verificó mientras el papa estaba sentado y preparado para rezar con el padre Magee, que retrocedió sin ninguna terapia”.

¿UN PAPA ASESINADO? ES POSIBLE

El cardenal Pietro Parolin, actual secretario de Estado del Vaticano, corrobora que la “miríada de teorías conspirativas y sospechas” no tienen fundamento: “Es una reconstrucción efectuada siguiendo una modalidad de investigación histórica rigurosa, sobre la base de una documentación excepcional hasta hoy inédita”. “Hay quienes sostienen que la hipótesis del asesinato se trata de una leyenda, que es imposible que un Papa sea asesinado. A quienes piensan así, les recuerdo que apenas tres años después su sucesor, Juan Pablo II, casi fue asesinado en la Plaza de San Pedro”, dijo Andrea Tornelli, autor del libro “Papa Luciani, la sonrisa del santo”. En su libro “Albino Luciani. Un caso abierto”, el sacerdote, filósofo y teólogo español Jesús López Saéz analiza “varios interrogantes”, y pidió este año reabrir el caso y cancelar la beatificación de Juan Pablo I hasta que se esclarezcan las causas reales de su fallecimiento. “Debía tomar decisiones importantes —que bien sabía eran peligrosas para su incolumidad—”, dice López, “con las cuales pensaba cortar los negocios económicos del Vaticano, fruto de acuerdos con la logia masónica P2, la mafia y la CIA. Se expuso mucho contra enemigos muy fuertes, avezados en el mal, sin escrúpulos y más que nunca determinados a conservar su poder curial, político y financiero. Todo esto, junto a otras numerosas iniciativas de reforma radical de su Iglesia, que había programado con mente lúcida y ánimo firme, no encaja con la imagen que de él se fue dando después de su muerte…”.

CONTRA LAS MAFIAS

Luciani había llegado al Trono de San Pedro en momentos particulares. Como cardenal, se había mostrado preocupado por la debilidad del Papa Pablo VI, su antecesor, y no estaba seguro de que las reformas del Concilio Vaticano II fueran eficientes. Por último, la corrupción en la política y las finanzas vaticanas, en las que había metido sus garras la Logia masónica “P2” eran más que preocupantes. El 26 de agosto de 1978, inesperadamente, fue electo Papa en medio de una guerra intestina que desgarraba a la Curia. Fue un gran problema: Albino Luciani era un hombre justo, que se proponía retirar la cizaña del trigo vaticano. Para empezar, le dio la espalda a los tradicionalistas, negándose a ser coronado con la triple tiara papal, y ganándose la ira silenciosa de la Curia. Cuando decidió llamarse Juan Pablo I le hicieron notar que, según la tradición, si un papa se pone dos nombres, debe ser a secas. Y él respondió: “Yo me quiero llamar Juan Pablo I porque el segundo vendrá pronto”. “El Papa se sentía humanamente muy débil, me daba la impresión de que tenía miedo. No de la muerte, sino de un momento de debilidad humana en que pudiera hacer algo equivocado para la Iglesia. Y para él traicionar a la Iglesia era traicionar a Cristo”, dijo Magee. A las dos semanas de iniciado su reinado, la atmósfera vaticana era irrespirable. El historiador británico David Yallop, señala al entonces secretario de Estado, el cardenal masón Jean Villot, como uno de los sospechosos de la muerte de Albino, que conocía los propósitos secretos del Papa: “limpiar” el corrupto Banco Vaticano y a expulsar de la Santa Sede a “sus socios en el crimen”. Al mes de su elección, el Papa apareció muerto sin que nunca se hayan aclarado las circunstancias. Las respuestas están sepultadas en las grutas vaticanas.

(Fuente www.perfil.com).