En su libro autobiográfico dedicó unas líneas al dramático momento en que recibió la llamada de un niño de siete años que le dio la fatal noticia.

En su libro “Quiero y puedo: relato de mi vida personal y política”, José Manuel de la Sota describió el episodio más dramático de su vida, la muerte de su pequeña hija de 5 años, que murió ahogada en 1987.En el capítulo titulado “Los padres debemos morir antes que los hijos”, el ex gobernador de Córdoba contó por primera vez en detalle cómo fue aquel 17 de noviembre de 1987 en el que se enteró por un llamado de un nene de siete años que su hija había muerto.

Este es el fragmento del capítulo:

Sucedió el 17 de noviembre de 1987 a las cuatro y media de la tarde. Fue lo peor que me pasó en mi vida. Es la primera vez que hablo y escribo sobre esto en público.

La noticia me la dieron por teléfono, mientras compartía una reunión política en el Hotel Crillón de la Ciudad de Córdoba. Hacía un mes que habíamos sido derrotados por el entonces gobernador Eduardo Angeloz y estábamos analizando las causas y las consecuencias del resultado.

De pronto el mozo del bar se acercó a nuestra mesa y me dijo:
-Doctor, lo llaman por teléfono desde la cabina. Es urgente.
No tuve tiempo de imaginarme nada. Solo escuché la voz llorosa y entrecortada del Emi, un amigo de la familia de tan solo siete años, hijo del Buni y Ana Vanni, mis vecinos y amigos del Barrio Jardín Espinosa.

-José, vení rápido. Tenés que venir lo más rápido que puedas.
-¿Por qué, Emi, qué pasó?
-Se murió ‘la Agustina’

El mundo se derrumbó. Se me cayó, literalmente, en la cabeza. No podía entender nada. No quería entender nada.
Que se ahogó. Que está muerta. No podía ser cierto. No tenía que ser cierto.
Los padres tienen que morirse antes que los hijos. Ella era y es mi ángel más chiquito. La más pequeña de mis tres hijas, después de Candelaria y Natalia. Con su carita pecosa y su mirada pícara. Ella no tenía y no tiene por qué estar muerta. Ella, en mi memoria, está esperando, ansiosa, que la lleve a la pista de patinaje sobre hielo. Ella está sobre mis rodillas llenándome de besos.

¿A quién se le ocurre que se puede morir a los cinco añitos por un absurdo accidente en una pileta?
Nunca sabremos cómo fue. Silvia no estaba en casa y Natalia, al notar su falta, comenzó la búsqueda. Nadie miró en primera instancia hacia la pileta. Pero allí estaba. Y de allí la sacaron Natalia y la joven que trabajaba en nuestro hogar.
Llegué a casa. No sé cómo pero llegué. Con los médicos del servicio de emergencias intentando revivirla. Me les abalancé, pero ellos repetían, desolados:
-No podemos hacer nada.

¿Cómo no pueden hacer más nada? Tienen que hacer algo. ¿Acaso ustedes no están para salvar vidas? Entonces sálvenla. ¡Tienen que salvarla! ¡Se los pido por favor! ¡Por Dios se los estoy pidiendo!
Me arrodillé. Ella estaba acostadita sobre el pasto del parque. Dormida. La besé. La besé muchas veces. Y a partir de ese momento no me acuerdo de nada más. Durante años no me quise acordar de nada.

Ni siquiera he podido hablar de Agustina con mis hijas Natalia y Candelaria.
Con Natalia, que la encontró en el fondo de la pileta y la sacó.
Con Candelaria, que siempre, y ese día también, se la pasaba desenredándole el pelo entre mimos.
Y no pude porque Agustina todavía está aquí. En el alma. En el pecho. En los recuerdos. Está ahí y duele. Duele mucho.

Ya pasaron veintisiete años y sigue doliendo como el primer día. Solo Dios sabe todo lo que duele. Y ninguno de los que la amamos volvimos a ser los mismos.
Pero en mi caso, este dolor insoportable me enseñó a distinguir lo verdaderamente importante de lo que no lo es. Que lo único que no tiene remedio es la muerte. Y mucho menos la muerte de un hijo.

Después de semejante enormidad, está claro que no hay problema que no se pueda superar ni dificultad que no se pueda vencer. Parla Lograrlo, en la vida, en la política y en la función pública, lo único que hay que hacer es distinguir lo importante. Lo importante de verdad.