Símbolo de la música de Buenos Aires, el bandoneón tiene su origen en Alemania, pero Baltazar Estol, un joven luthier, se convirtió en uno de los pocos fabricantes en nuestro país de este cálido instrumento de sonido inconfundible.

Aunque sus orígenes se remontan a comienzos del siglo XIX en Alemania, el bandoneón logró de a poco hacerse un lugar fundamental en nuestro país como instrumento emblemático del género porteño por excelencia: el tango.

Pero fue recién a mediados del siglo pasado, con la aparición de las orquestas típicas, que este fiel instrumento de tan particular sonoridad, y de compleja estructura, se impuso como un símbolo de la música que expresa a Buenos Aires, y que desde los ’50 adquirió un nuevo desarrollo musical con los aportes del gran Astor Piazzolla, que lo llevó al nivel de la música de concierto.

Si bien la mayoría de los intérpretes de bandoneón se han abastecido de instrumentos importados, en especial de Alemania, durante muchos años hubo algunas casas que fabricaban bandoneones de distinto tipo, una práctica que llega hasta hoy, y que alcanzó incluso a las nuevas generaciones.

Estudiante de música y guitarra en la Escuela de Música Popular de Avellaneda durante algunos años, Baltazar Estol (35), porteño, nacido en Flores y que vive en un departamento que a la vez es su taller en el barrio de Boedo, es uno de los pocos luthiers que en los ultimos años se animó a desentrañar los secretos de esa joya sonora que transmite a la vez la energía de la ciudad y también su melancolía.

Baltazar cuenta que “de adolescente, integré una banda de rock con la que hacíamos heavy-metal, luego entré en la Escuela a estudiar guitarra y bajo, porque quería capacitarme. Primero tocaba eléctrica y luego descubrí la criolla y ahí me acerqué un poco al sonido del tango, pero fue a partir de entrar en contacto con un bandoneón desarmado que empezó a atraerme la idea de dedicarme a fabricarlos”.

Comenta Estol que “el primer instrumento que fabriqué no salió tan bien, pero me sirvió como experiencia. El asunto es que cuando dejé la música me enfoqué en armar un taller propio para armar instrumentos” y explica que “el bandoneón no se fabricaba en el país, y el último registro es la fábrica de Mariani, en los años ’40, muchos de ellos utilizados por grandes maestros, aunque otros músicos preferían los que venían de Alemania”.

Una de las primeras tareas que tuvo Baltazar fue la de clasificar las partes, distinguir los accesorios, y donde conseguir cada pieza. Cuenta que “en una vieja casa-taller en Barracas, fabricaban y reparaban de todo entonces pude conseguir allí varillas, tornillos, botones, en fin, implementos varios y fue un comienzo.Luego era cuestión de investigar”.

Los elementos que confluyen en el armado de un bandoneón son muchos: madera que hay que cortar, lustrar y laquear, en general se usa de pino-abeto, arce o lenga según las partes, cartón y metal para el fuelle, tela de encuadernación, cuerina, cuero, y botones de resina con tapitas de nácar, entre otros implementos, como las chapitas de zinc, que se importan de la República Checa.

Desde 2010, en que armó su segundo bandoneón, Estol lleva confeccionados hasta hoy unos 20 instrumentos, que fueron vendidos directamente a músicos que se los encargaban, y remarca que “por año hago unos 5 ó 6, depende, y en general trabajo por las tardes o hasta la noche tarde, cuando todo es más tranquilo, ya que es una tarea muy artesanal”.

Actualmente, ser luthier es una dedicación laboral exclusiva para Baltazar, quien indica que “entre 2010 y 2015 tenía otro trabajo, pero desde entonces sólo me dedico a esto, es algo que me gusta, y en lo que intento superarme y aprender día a día algo más”.

YA TIENE VARIOS VENDIDOS HASTA 2020

Un bandoneón, según estima Baltazar, hoy cuesta unos 7 mil dólares, y declara con entusiasmo que “hasta 2020 tengo varios ya vendidos, y que voy elaborando de a poco, en general trabajo a partir de un pedido, no para tener stock”.

Entre los músicos que adquirieron instrumentos a Estol se encuentran Julio Pane, Víctor Lavallén, Juan José Mosalini hijo, Víctor Villena y Ernesto Molina, y también pasaron por su taller Dino Saluzzi, Leopoldo Federico, Daniel Binelli y Néstor Marconi, lo cual es para mí un honor”.

Comenta que desde hace dos años expone en la Asociación Argentina de Luthiers, en una muestra que se hace entre agosto y septiembre, y ahí tiene la posibilidad de alternar con otros colegas, ya que asegura, “en sí nuestro laburo es muy solitario, ya que exige mucha concentración y detalle”. Con respecto a la historia del instrumento en la Argentina, Baltazar reconoce que “no conozco a fondo sobre su evolución, pero sé que los primeros entraron a comienzos del siglo XX, y había marcas muy afamadas como Doble A Arnold, Germania, Premier, o los Tres B, un modelo que utilizaba entre otros Leopoldo Federico”.

Explica que “hay materiales que no se pueden reemplazar, emular un instrumento de 100 años no es el objetivo, pero sé que los primeros entraron con las oleadas inmigratorias y de a poco se integraron a la cultura, hay que ver que el bandoneón también se toca en muchas zonas del Litoral, junto a su pariente cercano el acordeón”.

Publicado en Diario Popular