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Conmovedora carta de la hija de uno de los 38 desaparecidos del ARA Guaraní, hundido en 1958

Hace 59 años, el hundimiento y la desaparición de un buque de la Armada Argentina con sus 38 tripulantes dejaba, como ocurre ahora con el ARA San Juan, familias destrozadas por el dolor.

Hace 59 años, el hundimiento y la desaparición de un buque de la Armada Argentina con sus 38 tripulantes dejaba, como ocurre ahora con el ARA San Juan, familias destrozadas por el dolor. Ayer, a nueve días de no tener noticias del submarino ARA San Juan, la hija de uno de los marineros que debió crecer con el recuerdo de haber perdido a su padre, además de ver a su madre atravesar ese sufrimiento, escribió una carta para sacarse el dolor que tiene guardado desde que era una niña de 10 años.

La historia resulta escalofriante por las semejanzas: el 15 de octubre de 1958, el buque de salvamento de la Armada Argentina ARA Guaraní (R-7) se hundía en aguas cercanas a Tierra del Fuego con sus 38 tripulantes a bordo y en medio de un violento temporal. Nunca se encontraron sobrevivientes, ni rastros del naufragio, ni los cuerpos de quienes habían zarpado para tareas de salvamento.

El siguiente es el texto que hizo llegar a la redacción del diario La Voz del Interior Stella Maris Romero, a través de su hija, Cecilia Cassol.

“Ahora que les dieron la ‘sorpresa’ a los familiares del ARA San Juan, quisiera expresar algo de todo lo que tengo ”atragantado’. Tengo 69 años y soy hija de uno de los náufragos del ARA. Guarani, un remolcador que estaba en ‘reparaciones’ en el puerto de Ushuaia y salió a ‘prestar apoyo’ a un avión que realizaba un traslado sanitario desde la Antártida en medio de una tormenta infernal.

Nunca volvieron, ‘desaparecieron’. Mucho para contar, octubre de 1958.

Lo que me asombró en esta oportunidad es que en todos estos años el sistema no cambió; los mismos discursos, los mismos ‘protocolos’. Hubiera sido más fácil decirles ante el primer síntoma de avería ‘emerjan y diríjanse al puerto más cercano’ y no ‘continuar el derrotero a Mar del Plata’. ¿Sí? No lo sé.

En aquel entonces fue ‘hay que prestar apoyo al avión’, y cuando el avión retornaba, el Guaraní, maltrecho e insignificante, salía con una dotación de 36 tripulantes, mi padre el mayor, de 33 años de edad.

Me asombró la similitud de los discursos, la siembra de esperanzas que nunca se realizarán.

1958: no descartamos que esten a la deriva…  2017: no descartamos que esten en superficie… 

1958: tal vez estén refugiados en una de las tanta cuevas costeras hasta que amaine el temporal… 2017: tienen oxígeno por equis cantidad de días y están preparados para esa contingencia…

1958: no vamos a dejar de buscarlos…  2017: los vamos a buscar hasta que los encontremos…

1958: están desaparecidos…   2017: están desaparecidos…

E incoherencias como decir que cuando el submarino rola, el aceite se corre y suelen pararse los motores. ¿Compramos un submarino para defender nuestra soberanía cuando el mar está planchado? La solidaridad de las armadas a nivel mundial es digna de destacar; igual sucedió en aquel entonces con la tecnología con que se contaba; y aunque se insultaran con los marinos chilenos cuando se encontraban en el estrecho, la Armada chilena también salió a buscarlos.

El tiempo tapa todo. Y como el sistema y el protocolo lo manda, vendrán las misas de ‘cuerpo presente’ con un cajón disfrazado de negro, y la declaración de héroes, el ascenso al grado inmediato superior, certificados, honores etcétera.

Me parece ver a mi madre peregrinando por oficinas; no hay cuerpo no hay muerto, no hay muerto no hay viuda, no hay viuda no hay pensión, porque hay ‘presunción de fallecimiento’ y eso lleva años.

Ojalá eso ya no suceda. El Estado sigue siendo el mismo, y educación, salud y seguridad siguen dándose sin sentido de patria, tanto en gestión, distribución y uso; la responsabilidad es de todos.

Parece ayer cuando desmantelaron los astilleros, cuando el mundo traía a nuestros diques secos a reparar sus barcos por la calidad del servicio, cuando los egresados de las escuelas de operarios de la Armada eran una garantía de saber y hacer. Cuando dejaron morir al IAME, Córdoba vio morir la industria nacional.

La Armada tenía laboratorios desde donde salían medicamentos de primera calidad. Demasiadas similitudes en 59 años; las viudas volverán a rehacer sus vidas pero la cicatriz las acompañará de por vida, son jóvenes.

Ojalá no haya niños ‘mayorcitos’ y sí pequeños como mi hermana que tenía 45 días, sin recuerdos vívidos, olores, expresivas miradas… ojalá los encuentren aunque sea muertos, porque hacer un duelo mirando el mar no sirve para nada; para una madre el dolor es insuperable, y para un hijo que jugó, hizo los deberes y amó como amé yo a mi padre, es un duelo prendido con alfileres.

Con mis 69 años, tengo la esperanza que las generaciones que eduqué siendo docente sean ciudadanos incorruptibles, que trabajen por este bendito país sin robar nada, sin mentir y jugarse por la libertad y la verdad.

Que la paz cubra a todas aquellas familias que dieron esposos, hijos, nietos que en silencio y desinteresadamente ofrendaron sus vidas por nuestro país trabajando hasta en las condiciones más precarias, con sentido de Patria”. 

Fuente: La Voz del Interior

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