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El trágico final del “Cóndor” Benjamín Matienzo

matienzoportNació en la ciudad de San Miguel de Tucumán, el 9 de abril de 1891. Su nacimiento fue registrado en el Consulado de Bolivia, en Tucumán.Su padre, Dr. Simón Benjamín Matienzo, era cónsul.

Ingresa en 1909, como cadete al Colegio Militar de la Nación, sito en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires.Tenía como compañeros a Manuel Origone, Luis Candelarias, y Antonio Parodi, los que, años después serían nombrados también “Precursores y Beneméritos de la Aeronáutica Argentina”. Egresa como subteniente del arma de Ingenieros.

Luego de terminar el curso en la Escuela de Tiro ( Campo de Mayo), pasa a prestar servicios nuevamente en el Batallón V de Ingenieros en Tucumán. Su último destino de revista fue en la Escuela Militar de Aviación, en marzo de 1919.

Con la incorporación del nuevo material aéreo cedido por el gobierno de Francia (un Spad de 180 c.v. y 2 Nieuport de 165 c.v), se hace realidad la posibilidad de encarar la travesía aérea de la Cordillera de los Andes.

Tal empresa temeraria, era una de las mayores aspiraciones de los aviadores argentinos y chilenos, aunados por un ideal común de superación digna de héroes, dada la precariedad de sus máquinas y material técnico.

Decididos a enfrentar todos los riesgos, arriban a Los Tamarindos, en la ciudad de Mendoza, en mayo de 1919, previa autorización del Ministro de Guerra los aviadores Matienzo, Parodi y Zanni, (después Brigadier y Comodoro, respectivamente, de la Fuerza Aérea Argentina).

Era el propósito emular la hazaña de meses antes, 12 de diciembre de 1918, del Teniente Aviador Militar chileno don Dagoberto Godoy Fuente Alva, en su histórico vuelo de unir Santiago de Chile con Mendoza, en Argentina. Al pie de la Cordillera, y con el material nombrado, comienzan los vuelos de entrenamiento y de estudio de la alta atmósfera, apoyados desde tierra por el personal técnico especializado. En todos los vuelos, encontraron siempre violentas corrientes de aire, provenientes del cuadrante oeste, que les impedía toda tentativa de cruce, poniendo en serio peligro la integridad de las máquinas, característica climática muy importante aún hoy en todos los vuelos sobre la cordillera, causa de innumerables accidentes fatales.

Un sueño que duró poco

Fue en aquel mes de mayo de 1919 que los tres aviadores estaban ante un reto muy importante: cruzar los Andes a una altura de 6.000 metros.

A las 6.40 de la madrugada, los pilotos con sus máquinas levantaron vuelo desde el campo de aviación de Los Tamarindos. Poco después regresaba el capitán Pedro Zanni, por agotársele el combustible, haciéndolo más tarde el teniente Parodi, que sufrió un desperfecto en el motor.

Pasaron algunas horas sin que se tuvieran noticias del vuelo de Matienzo, pero la lentitud de las comunicaciones de esa época justificaba el silencio. No obstante, ya se empezaba a insinuar cierto temor con respecto a la suerte que pudiera haberle tocado al bravo piloto, a pesar de la ilimitada confianza que se tenía respecto de su destreza, experiencia y serenidad.

La ansiedad pública fue creciendo con el correr de las horas y se hizo más evidente al día siguiente.

El accidente y el operativo

Ante la perspectiva de un accidente, las autoridades militares destacaron comisiones especiales que recorrieron Las Cuevas, Zanjón Amarillo y Tupungato, porque los últimos datos que se tenían del vuelo situaban el aparato desplazándose en dirección noroeste a Las Cuevas.

La solidaridad chilena, siempre presente en sucesos como estos, no se hizo esperar y nutridas comisiones militares iniciaron el reconocimiento en la parte transcordillerana del Juncal, Río Blanco, Caracoles y Los Andes. La acción terrestre fue completada por aire cumpliendo minuciosos vuelos de exploración por ambos lados del macizo andino. La afanosa búsqueda no arrojó el menor indicio.

Los intensos temporales de nieve, que habían azotado la zona, dificultaban las operaciones y hacían peligrar la seguridad humana.

Mendoza expectante

Las versiones más dispares empezaron a correr en las calles. Cada día que pasaba daba pie a la inventiva popular que circulaba de boca en boca y que atribuían tal o cual resultado a las investigaciones; pero invariablemente las fuentes informativas responsables se encargaban de desvirtuarlas. Poco a poco, los diarios desplazaron sus titulares de las noticias sobre el asunto.

Al final, se hizo silencio en torno del suceso, fatalmente impuesto por el devenir de los nuevos acontecimientos.

Sin embargo, no había olvido, pues casi a diario se filtraba en la calle o en la tertulia familiar una frase que avivaba el recuerdo.

A buscarlo otra vez

Pasó el invierno y la cordillera se desprendió de su manto de nieve por acción de los deshielos.

A mediados de noviembre de 1919, el sub comisario de Las Cuevas tuvo la idea de intentar la búsqueda del desaparecido piloto.

El 17 de noviembre partió la modesta expedición al mando del sub comisario Pujadas. Ésta, sin encontrar nada, regresó.

Al día siguiente prosiguió la búsqueda pero sin resultados positivos. En la madrugada del miércoles 18 de noviembre de 1919, el grupo prosiguió con la búsqueda. Encabezaba aquella patrulla el sub comisario Pujadas, el guarda hilos de la Compañía Telegráfica Sud América Juan Hernández, el cabo Teófilo Morales y el agente Segundo Zelayes.

Eran las 9 de la mañana cuando llegaron a una casucha en la primera serie de minas, propiedad de un chileno llamado Lobos, en el valle de Las Cuevas a unos 14 kilómetros de aquel lugar.

Allí los expedicionarios hicieron un alto para descansar y comer. Sentados, comenzaron a plantearse algunas hipótesis sobre dónde habría caído el infortunado aviador.

Media hora después, el grupo partió hacia el norte. A menos de sesenta metros de allí, el chileno Juan Hernández gritó a sus compañeros: “Ahí está Matienzo”. En efecto el cadáver de Matienzo apareció como reclinado en una saliente de roca. Todos habían quedado sorprendidos.

¡Encontramos a Matienzo!

Al escuchar el grito de Hernández, Pujadas observó el cadáver que yacía en el suelo recostado sobre una gran piedra, con las piernas ligeramente encogidas y los brazos extendidos a ambos lados.

El cuerpo vestía un traje color caqui oscuro y encima una tricota de color blanco. Esta prenda, desgarrada por las aves de rapiña, había dejado al descubierto la caja torácica. Se podía ver que sobre los breches llevaba un pantalón y calzaba botas negras; tenía ropa interior de lana.

El panorama era bastante ingrato. A pesar de haber nieve se podía sentir el hedor del cuerpo en descomposición. Inmediatamente se pudo observar que la cara estaba descarnada. Sus dientes, firmemente apretados, y el cuello y las vísceras comidos por los cóndores.

Sus manos quemadas por la nieve se veían de un color negro en el reverso y sus dedos. Con una extraña sensación de tristeza, el grupo siguió observando que en el deteriorado dedo anular izquierdo se encontraba un anillo de oro con las iniciales BM que resaltaban de un fondo rojo.

En el costado izquierdo del cuerpo se encontró un lápiz de color negro. El estado de las botas llamó mucho la atención a Pujadas y varios del grupo porque estaban peladas. Se supone que Matienzo había caminado un gran tramo desde la caída de su avión.

A unos veinte metros del cadáver se encontró el casco, un pasamontañas y restos de vestimenta arrastrada por el viento.

Un hallazgo importante realizó Joaquín Pujadas al encontrar el revólver. De las seis balas faltaban dos. Esto desconcertó a los investigadores.

Pudieron conjeturar que podría haberse suicidado por la situación insoportable que Matienzo enfrentó, pero esta hipótesis quedó totalmente descartada.

La noticia corrió rápidamente por Mendoza y tuvo resonante eco en todo el país y en el extranjero. El comentario público se inflamó nuevamente y constituyó el tema obligado en todos lados.

Treinta años después, la expedición militar del suboficial Svars y Bringa fue la que encontró el avión de Matienzo y así se cerró aquella trágica historia.

Fuente: “Genealogía, revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, nº 17, Bs. As. 1977, Pág. 46/69 – Carlos Campana – las2campanas@yahoo.com.ar

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