Un joven de la localidad de San José fue detenido hace un año acusado de liderar a un grupo online a que se cortara las venas.

Alguien que lo conoce dice: “Es un murciélago. El pibe es un murciélago, siempre de noche, andando en la bici con los aritos esos que tiene, el pelo de colores. Un murciélago. Y sí, se sabe.”

San José, Entre Ríos, sabe. Todos conocen a Julián: los vecinos que charlan en los bancos de la plaza Urquiza, la pareja de chicos que se besan en la entrada del cine local, la señora en las escalinatas de la parroquia. Todos hablan de él si es que les preguntan. “Se sabe”, dicen, con la serenidad pintoresca de cualquier ciudad chica entrerriana.

Julián, un chico flaco, fan de Pokemón, que tenía una araña galponera como mascota en un frasco y subía selfies a Instagram con cara melancólica y gorros con forma de gatitos en la cabeza, claramente no encaja con el resto de la localidad ubicada a cien kilómetros de Gualeguaychú.

Pero no encajar no alcanza. Ser “un murciélago” no alcanza. “Se sabe”, dicen en San José.

El 11 de agosto de 2017, la división Delitos Cibernéticos de la Federal entró en la casa en ruinas que Julián -un nombre de fantasía usado en esta nota para proteger su identidad-compartía con su mamá, una casa en un terreno propiedad del municipio local casi venida abajo con sus tirantes y su pintura carcomida. Se llevaron su teléfono y su computadora, se lo llevaron a él a la sala psiquiátrica del hospital local de donde salió cuatro días después.

Los policías que lo allanaron le salvaron la vida, si es que Julián iba a cumplir con su palabra: quedaban seis días para que se cortara las venas. Pero Julián, si es que iba a hacerlo, no iba a hacerlo solo: iba a hacerlo como el jefe de un culto al suicido adolescente. Al momento del allanamiento de la PFA, Julián tenía apenas 17 años. 

El opertivo en la casa de Julián, agosto de 2017.

El opertivo en la casa de Julián, agosto de 2017.

Había sido el líder del chat durante meses con otros tres chicas y chicos que había conocido jugando juegos en red para luego conversar en Instagram, el miembro más antiguo de la conversación. Y los términos de la conversación eran escalofriantes. “¿Me regalas un par de cuchillas?”, le dice una chica probablemente también de una localidad entrerriana cercana, que no habría sido identificada hasta hoy en un curioso español neutro, el tono general de la conversación. “Te doy una tableta de clonazepam”, responde. “Se suponía que intentarían suicidarse las dos”, dice Julián luego, en referencia a otras chicas.

El chat se enrarece poco después. “Debemos llegar a fin de año”, dice una chica. “Pensé en adelantar la fecha”, dice Julián. “17 de agosto”, le responden. La fecha tenía un significado especial, el aniversario de la muerte de una amiga del joven, asesinada en una entradera en su casa, el día para quitarse la vida todos juntos.

Clonazepam y cuchillas: captura de pantalla que la Justicia vasca entregó a la Argentina.

Clonazepam y cuchillas: captura de pantalla que la Justicia vasca entregó a la Argentina.

El chat, por otra parte, había llegado de lejos, hasta el País Vasco. Una adolescente del municipio de Rentería en el partido de San Sebastián estaba en la conversación y en el pacto. Su madre se había dado cuenta, la joven le había pedido su teléfono para llamar por WhatsApp a Julián en varias ocasiones. La madre confrontó a la joven, denunció todo a la Fiscalía Provincial del distrito y aportó las capturas de pantalla del chat y los teléfonos con los que se comunicó con Julián. La adolescente vasca fue entrevistada por psicólogos: “baja autoestima”, “reacia al diálogo” fueron términos incluidos en el informe posterior.

Al ver que la mayoría de los participantes eran argentinos, un fiscal vasco dedicado a investigar delitos informáticos remitió la información a la UFECI, la unidad de la Procuración que investiga delitos cibernéticos a cargo del fiscal Horacio Azzolin.

Así, la UFECI comenzó a identificar a los participantes del chat con pedidos de información a Google y a empresas telefónicas hasta lograr identificar a Julián. Había un posible delito, ciertamente: la instigación al suicidio se castiga con hasta cuatro años de cárcel por el Código Penal argentino.

El fiscal vasco remitió la información a Argentina el 2 de agosto. Nueve días después, la Federal allanaba la casa en San José. Había subido a Instagram una foto particularmente preocupante tres días antes de que la división Delitos Cibernéticos lo viniera a buscar: en la imagen se lo veía abrazando a un peluche de Pikachu con los brazos vendados desde las muñecas hasta los codos con manchas ocre en las cintas. Un troll lo insultó en la caja de comentarios, Julián borró el comentario: los seguidores de Julián insultaron al troll de vuelta. No hubo ninguna mención a una posibe automutilación en informes posteriores al allanamiento. La imagen tuvo casi 1500 likes. 

17 de agosto, la fecha pactada para el suicidio colectivo.

17 de agosto, la fecha pactada para el suicidio colectivo.

El rol de líder se volvía claro en plena conversación, con una doctrina de automutilación retorcida, un sufrimiento mesiánico. “Cuando una persona sufre en el grupo se le debe pedir a los líderes que se castiguen por nuestro dolor”, dijo una joven en la conversación, que aseguraba que Julián “es un líder de los más antiguos” y que “cuando un líder sufre todos debemos castigarnos por él o ella”, ya que Julian “es una gran persona, por eso hace esto por nosotros, nos libra de nuestro dolor.”

Hoy, Julián ya no es un menor de edad; cumplió 18 a comienzos de este año. Para la Justicia penal de Colón, departamento del cual depende judicialmente, es un menor dado el tiempo en que habría cometido su supuesto delito y será tratado como tal, según fuentes en los tribunales entrerrianos.

“¿Te castigas por mí?”: la doctrina de sufrimiento autoinflingido del grupo.

“¿Te castigas por mí?”: la doctrina de sufrimiento autoinflingido del grupo.

El chat de chicos fascinados con la idea de quitarse la vida, por otro lado, no pasa en un vacío. En septiembre de 2017, dos después del allanamiento a Julián, una alumna de 15 años del colegio Rafael Hernández de La Plata tomó un arma y se disparó en plena clase. Dejó un último mensaje en un cuaderno: “Chau, mierdas.” Un mes después en octubre, un joven de Los Cardales y su novia se subieron a un Volkswagen Golf gris con varias botellas en el auto para suicidarse con una pistola calibre .22 en medio de un camino rural de la zona. 

En junio último, una joven de 16 saltó desde un tercer piso sobre la calle Honduras en Palermo para morir en el traslado al hospital Fernández. El mes pasado, una niña de 12 años se colgó de un árbol en el fondo de su casa en Ingeniero Maschwitz.

La Argentina de “Momo” y “la ballena azul” con chicas y chicos que deciden quitarse la vida tiene números claros que hablan de una tendencia en ascenso.

Datos para la población general de la Organización Mundial de la Salud hablan de una elevada tasa de 14,2 suicidios cada 100 mil habitantes en 2015 contra 7,3 en 2011. “La tasa de mortalidad de adolescentes por suicidios pasó de 2,5 durante el trienio 1990-1992 a 6,9 durante el trienio 2013/2015 cada 100.000 habitantes“, asegura un informe de UNICEF. La tasa de suicidio en varones casi triplica a la de las mujeres en el segmento de 15 a 19 años.

La investigación por instigación al suicidio en Entre Ríos, aseguran fuentes en la Fiscalía Penal de Colón -departamento del que depende San José administrativamente- sigue en trámite un año después, pero Julián hoy no va al analista. Infobae encontró a su madre esta semana en San José. “Mi hijo no recibe ningún tratamiento”, aseguró desde la reja de su casa nueva: “La que tuvo que medicarse fui yo después de todo lo que pasó.”

Se mudó junto a Julián hace poco más de tres meses de la construcción derruida en el predio municipal a otra en mejores condiciones. “Mi hijo es inocente”, dice, “estoy tranquila porque no hizo nada”. Le molesta que señalen al chico, que lo miren de reojo en San José, ya  no lo aguanta.

Julián, cuenta su madre, terminará el secundario este año ya que el anterior no pudo; el joven quiere estudiar diseño gráfico en un futuro cercano. Todavía las mismas redes sociales que investigó la UFECI del fiscal Azzolín y que denunció la Justicia vasca, la misma cuenta de Instagram. Mientras tanto, Julián dibuja. Su madre confía: “Hace árboles con hojas rosas.”

Con la colaboración de Sabina Melchiori.

Fuente: Infobae