Santiago se enteró del embarazo cuando estaba en plena transición. Abortó cuando tenía 22.

De la infancia en Traslasierra recuerda la libertad. Se llamaba Paula pero le gustaba jugar a la pelota en la calle, en patas y en cuero. Fue una vecina, cuando ya estaba por terminar la primaria, quien le arrojó el primer baldazo de realidad: “¿Qué hacés sin remera? -le gritó-. ¿No te das cuenta de que te están creciendo las tetas?”. Pasó años con el pecho comprimido con fajas y sin entender lo que le pasaba. “Y cuando había logrado cerrar en mi cabeza la idea de que era un varón trans, quedé embarazado”.

Quien habla con Infobae es Santiago Merlo (42), el primer profesor trans de la provincia de Córdoba. “Veo las fotos de mi infancia y puedo reconocer a un niño que fluye con naturalidad. Me veo feliz”, dice él, que además es licenciado en Comunicación Social, integra la Red Nacional de Docentes

Trans y da clases en un colegio secundario.

“En el jardín me formaba en la fila de nenes, iba al baño de nenes. Me acuerdo que para un acto del 25 de Mayo me hicieron disfrazar de dama antigua. Yo me enojé, me sentía asfixiado con ese vestido, todos sacaban fotos”. Pero su mamá era maestra rural y en su casa había bolsas con disfraces: “Cuando volví a casa, me vestí de caballero de la Revolución, me pinté una barba con corcho y le pedí a mi papá que me sacara otra foto. Le dije ‘sacame ahora, este soy yo'”.

Pero con los años, el cuerpo empezó a cambiar y lo fue empujando al abismo: “Mis tetas me daban mucha vergüenza. Mi pensamiento no era: ‘Soy una mujer, obviamente tengo tetas’. Mi lógica era: ‘¿Cómo un varón va a tener tetas?’. Instintivamente, empezó a fajarse hasta el ahogo: lo hizo durante tanto tiempo y con tanta rabia que se provocó una fisura en el esternón. El nombre con el que ahora llama a las fajas resucita aquella sensación de muerte: le dice “las mortajas”.

La adolescencia ya había metido la cola: “Llegó ese momento en que tenés la presión de definir todo: cómo te vestís, si debutaste o no, tu sexualidad. Para mí era muy complejo, ya era el hazmerreír del pueblo. Yo vivía como una lesbiana bien masculina pero no me sentía una lesbiana”. Había terminado el secundario y seguía sin encontrarle un nombre a lo que le pasaba. “Sentía que no pertenecía a ningún lado”. Ese sentimiento lo llevó a sentarse en una plaza, de noche, con un arma en la mano.

Tenía 19 años cuando conoció a un activista que le dio esa respuesta: “Lo que a vos te pasa es esto: sos un varón trans”. Era 1995, ya había travestis famosas pero todavía faltaban 16 años para que apareciera, por primera vez, un varón trans en Gran Hermano.

No fue ponerle un nombre y seguir, como si nada. La siguiente etapa fue determinar si le gustaban las mujeres o los hombres. “En el medio de todas estas complejidades y del quilombo que tenía en la cabeza, quedé embarazado. Tenía 22 años”. Estaba empezando a metabolizar esto de separar el cuerpo biológico del género con el que se percibía cuando el embarazo le escupió las teorías en la cara.

“Era lo peor que me podía pasar. Lo pensé: ‘¿Puedo seguir adelante con esto?’, ‘¿y si sigo y lo doy en adopción?’. Hasta que entendí que yo no iba a sobrevivir a un embarazo, que no iba a soportar esos cambios en mi cuerpo: una gestación, un parto. Había vuelto a aparecer lo biológico, era reafirmar que yo no era el varón que sentía que era”, sigue. “Para mí era una situación extrema: era abortar o matarme, no había otra opción. Morirme era también una forma de negar esa feminidad que volvía a aparecer”.

No es que no quisiera tener hijos: “Yo quería ser padre, no madre. La diferencia era gestar o no gestar, parir o no parir. Si yo era un varón, ¿cómo iba a parir? Si yo jugaba al papá cuando era chico… para mí, tener un hijo no pasaba por embarazarse sino por acompañar a otra persona que pudiera gestar”.

Viajó a Buenos Aires en secreto: alguien le había pasado el dato de “un sucucho” en José C. Paz. “Las mujeres salían como idas, a medio vestir.

Mujeres solas, trabajadoras sexuales, y las subían a un auto de una remisería que había al lado. Yo me fui despidiendo mentalmente de todo. No sabía si iba a volver pero lo iba a interrumpir como fuera: corriendo el riesgo de morirme en ese lugar clandestino o poniendo fin a mi vida”.

Fue un aborto quirúrgico, con anestesia general, sin haberle hecho antes un sólo estudio a ver si podía tolerarla. “Tuve suerte de que no pasó nada porque tardé años en hacerme un control. No por el aborto en sí mismo sino porque no podía enfrentarme otra vez a mi cuerpo”.

A historias como la de Santiago también apunta la ley de despenalización y legalización del aborto que el miércoles podría convertirse en ley en el Senado. La ley habla de “mujeres y personas gestantes”, aunque Santiago cree que a las palabras les falta luz: “A las cosas hay que nombrarlas para que existan. No somos ‘personas gestantes’, somos varones trans”. Dos años después del aborto, se recibió de Licenciado en Comunicación Social y trabajó en medios como “la conductora” hasta que decidió irse y volver sólo cuando fuera capaz de hacerlo como Santiago.

En 2015, cuando la ley de identidad de género se lo permitió, cambió su nombre en el DNI y todavía hoy, a sus 42 años, lucha para que una obra social provincial le cubra las cirugías de masculinización del tórax (quitar las mamas, entre otras cosas) y del abdomen.

Todavía le cuesta creer cuando escucha que quienes están a favor del aborto legal no están a favor de la vida: “Yo sí estoy a favor de la vida. A favor de mi propia vida -cierra-. A favor de poder decidir qué hago con mi existencia y con toda mi historia para poder ser lo más feliz posible”. No lo dice cualquiera, como una frase hecha: lo dice alguien que creyó, más de una vez, que el suicidio era la única salida posible.