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Hace 200 años, Belgrano ya la tenía recontra clara

Atiborrada como está la agenda de Argentina de denuncias y procesos judiciales en los que el disparador es la flagrante corrupción, quizás sirva como consuelo, o no, saber qué hace más de 200 años el general Manuel Belgrano le había sacado “la ficha” a una afección traumática para el desarrollo patriótico de aquellos años, la cual, evidentemente, terminó contaminando desde la base el destino de la nación.

Sin duda Belgrano fue un arquetipo de patriota que supo asumir con coraje las distintas instancias para la cual fue convocado y que, además, ejercía una filosofía personal apoyada en los valores del hombre que ya por el 1800 parecían ser puntos en discusión por la sociedad de una época dominada por actitudes capaces de poner en duda el concepto que todo pasado fue mejor.

Es que Belgrano, entre sus distintos pergaminos que lo galvanizan como prócer, libró una lucha a brazo partido contra la corrupción y en favor de la educación, tal como quedó reflejada en una investigación realizada por el historiador Alejandro Fabián Fensore en base a cartas y documentos escritos por el abogado, economista, diplomático y también militar.

En una memoria anual que redactó en 1809 como secretario del Consulado de Buenos Aires, cargo que recibió en España donde se graduó como abogado, el vencedor de las batallas de Salta y Tucumán catalogaba al fenómeno del contrabando como un delito en auge en la Buenos Aires colonial y lo , asociaba a las “debilidades” de los funcionarios públicos que miraban para otro lado frente al volumen de la actividad comercial ilegal.

El concepto sobre los funcionarios corruptos que expresa en ese documento es demoledor: “Están persuadidos aún que con un orgullo increíble que su poder es inmenso y que por fuerza se los ha de admitir, y aún les parece que no hay autoridad que los juzgue”. En una carta escrita un año más tarde a Mariano Moreno, Belgrano le reconoce al entonces flamante secretario de la Primera Junta de Gobierno “que todo se resiente de los vicios del antiguo sistema y como en él era condición sine qua non el robar, todavía quieren continuar, al aludir a las responsabilidades de las autoridades y comerciantes complotados con los contrabandistas.

La bandera de la honestidad

En ese sentido, el creador de la bandera tenía la firme convicción que la educación constituía la base para enfrentar a lo que consideraba a principios del Siglo XIX como una sociedad en decadencia, como lo hizo trascender en otro texto de su autoría en el que se preguntaba: “¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copias de ciudadanos honrados y que las virtudes ahuyenten a los vicios si no hay enseñanza?.”

Pero Belgrano tenía en mente una posibilidad concreta y decisiva para batallar contra la compleja problemática y cuya clave residía en la apuesta al “hombre moral” como resultante “de la propagación de los conocimientos”, por lo menos, como pensaba el prócer, “con aquellas nociones más grandes y precisas con que en adelante pueda ser útil al estado”. Como la educación jugaba un papel central en el futuro de una nación por aquellos tiempos en formación, este prócer multifacético también afirmaba en torno al rol compartido por escuelas y educadores: “Mucho conviene para la felicidad pública poner la atención en los hombres por formarse, y no puede haber un cargo de mayor honor que cuidar los planteles de los hombres morales”. Ese texto redactado hace poco más de doscientos años concluye con que “son las escuelas de dónde saca el ciudadano los primeros gérmenes que desarrollados en la edad madura, producen la bondad o la malignidad, y hacen a la felicidad o la infelicidad de una causa común”.

Un adelantado en la identificación de los fuertes males argentinos que allá tan lejos en el tiempo iban cobrando musculatura, Belgrano supo visualizar los nubarrones que oscurecieron a esa nación brillante que soñó y en la cual el hombre moral que proponía, ya hoy en su versión contemporánea, asiste con profunda desazón a una realidad triste y frustrante para la cual no fue concebido.

– Por Sergio Tomaro

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