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Hugo Rossetti, El odontólogo de los Aborígenes

i4113-dentista-hugo-rossetti-3Desde hace décadas realiza un fuerte trabajo sanitario en pueblos originarios de todo el país. Dice que lo importante es salir del círculo comercial de la enfermedad para entrar en el de la salud. “La salud no es negocio para nadie, salvo para el dueño del cuerpo”, dispara.

Pide disculpas por la normalidad: una cocina blanca que desentona con el entramado rústico en el que respira su casa: piedras lajas y rodajas de tronco en el piso del living, un hogar inmenso en el medio, un puente colgante que conecta un espacio con otro, todo sin paredes, cualidad distintiva de su casa de Banfield, al sur del Conurbano Bonaerense, al costado de las vías del tren que cada seis minutos va y viene, sacude dos hierros que tintinean y hace temblar los vidrios.

“Los odontólogos saben más de la enfermedad que de la salud. En las facultades se enseña más para la enfermedad que para la salud. Los médicos no se reciben de médicos para la salud, sino de médicos para la enfermedad. Los psicólogos no se reciben de psicólogos para la salud; son psicólogos para la enfermedad: están capacitados para hacer un correcto diagnóstico de la patología y hasta pueden hacer un correcto tratamiento, pero el problema está en la salud. Un odontólogo le dijo a un paciente que como no tenía caries tenía una boca aburrida. Eso es inaceptable para un profesional de la salud”, dice mientras se impulsa de un lado a otro en la hamaca que cuelga del techo de su living.

“En cinco años, en la facultad, hicieron de mí un excelente odontólogo para la enfermedad. Cuando me di cuenta de que mi vocación era la salud y no la enfermedad de la gente, habían pasado 20 años; tuve que desaprender eso que me habían enseñado”, dice.

Hugo Delfor Rossetti es un hombre dedicado a la salud: recorre etnias aborígenes desde hace casi 40 años, dando clases de prevención. Pugnó desde siempre por un concepto de salud y enarboló una máxima: “La salud no es negocio para nadie, salvo para el dueño del cuerpo”. Por eso se enfrentó con quienes lo creen lejos de la ciencia: el hombre habla de preservación, mientras los otros sacan dientes; Hugo pregona la salud sobre la política de la enfermedad y enseña a no enfermar antes que a llenar con plomos los agujeros de la ciencia médica. Tiene dos libros publicados y fue asesor, en tres etapas diferentes, del Ministerio de Salud de la Nación.

Dos medicinas

“La biología es mágica. Ahora se llama medicina evolutiva eso de lo que yo hablaba hace varias décadas. Es lo que hace que vos estés vivo y esta planta -toma la hoja de un potus- esté en el ambiente”. Dice que es normal que se use babaza de caballo para hacer buches que calmen el dolor y raíz de neneo -una arbustiva patagónica- para adormecer las encías, pero hay algo más profundo detrás de ese acto de tomar una hierba y esperar a que la enfermedad retroceda. “Hay una cosa más importante que eso: que esa patología está siendo biotratada por la medicina evolutiva, que es muy sabia y no te produce dolor. El dolor es para que duela, no es para calmarlo. Cuando vos atacás lo que provoca el dolor, el dolor desaparece porque no tiene más laburo”. “Pero en la salud -dice- tienen que jugar ambos conceptos de la medicina”.

“Para un chico empachado no hay mejor cura que alguien -una curandera- que le tire el empacho. Pero no puede ser excluyente la medicina natural y la medicina científica. no se trata de usar una o la otra. Si hay alguien con labio leporino es necesario hacer una cirugía, y cuanto antes sea, mejor. En una zona con mapuches, hay abuelas que han sido torturadas por los médicos a la hora de parir porque no han respetado su cultura ancestral. Y nos pasó con un caso de Neuquén en donde una abuela -que en la cultura mapuche tiene más poder de decisión que la madre- no permitió que a su nieta se la operase de labio leporino porque había sufrido tanto con la medicina científica que no quería ver a la chiquita pasar por una situación como la propia. Por eso digo que a los médicos nos tienen que formar para la salud. Pero los médicos comprueban si tenés un cólico renal pegándote una trompada en el lugar en donde tenés ese cólico, y te diagnostican si vos te retorcés del dolor”.

-¿No será que la gente también está educada en la enfermedad?
-Cuando vos me hablás de la gente, yo pienso en alguien que está en una canoa, remando para llegar a su casa, que tiene un hospital lejos y adonde el médico va cada tanto y sólo le trata la enfermedad, no le habla de salud. Las facultades hacen una ciencia a la que aquél de la canoa no alcanza ni el escalón mínimo. Esa ciencia exquisita que se prepara en las grandes ciudades es para la gente de las grandes ciudades.

Rossetti confiesa una acidez que lo hace levantar de la silla. Va hacia la heladera. Bebe un sorbo de leche para apagarla. Y sigue hablando. Cuenta que alguna vez respondió que la salud era la alegría celular. Era cuando su curiosidad recién había salido de la boca para empezar a entender al cuerpo como un todo. Unos años después de esa respuesta, habiendo transcendido el organismo hacia una totalidad mayor, dice que la salud es la alegría del planeta.

“La enfermedad es la que da plata: si Marcelo Tinelli hace un concurso de baile llamado ‘Bailando por bailar’ lo miran cinco personas, pero pone uno que lleva un guardaespaldas, una jurado que se desnuda, otro que confiesa su homosexualidad al aire, y otra gente que hace lío y entonces tiene un rating tremendo, porque la enfermedad es la que rinde. Jorge Rodríguez Cía -un discípulo mío- dejó su cargo de ocho años y la nueva directora de odontología de La Pampa dijo, cuando asumió, que dar clases de cepillado en las escuelas era perder el tiempo. Eso piensan: que con la salud se pierde tiempo. Es mejor tapar muelas que sanarlas”, se indigna.
-¿Por qué pasa eso?
-Porque hay mucha guita en la enfermedad. Si un médico mantiene a una familia en la salud, él gana poca plata, y la familia está sana y ahorra mucho dinero. Pero si un odontólogo mantiene a una familia en la enfermedad, hoy le hace una corona, después una extracción, luego una endodoncia, más tarde un puente de tres piezas y mañana, otro de cinco. Y así gana plata el médico, pero el paciente sigue enfermo siempre.

Esteban Raies

Publicado en El Federal

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