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La Batalla de Salta, ¿un triunfo de Belgrano que podría haber sido mayor?

batalla-de-salta--1024x575Después de la batalla de Salta, hecho glorioso que tuvo lugar el 20 de febrero de 1813, el ejército realista se rindió en masa a las tropas del general Manuel Belgrano.

En los términos de la honrosa capitulación concedida al enemigo, se había acordado que las huestes del rey entregaran todas sus armas, enseres, municiones, instrumentos, banderas y material militar, y juraran no volver a luchar contra los ejércitos patrios. A cambio de ello, se les respetarían sus vidas y podrían retornar a sus lugares de origen.

La magnanimidad mostrada por el general patriota al perdonar las vidas de sus enemigos y liberarlos fue lo que le acarreó durísimas críticas, tanto en ese momento como después.

El general José María Paz, joven protagonista de aquellos días, cuenta, en sus memorias: “Ha divagado tanto la opinión sobre si el general Belgrano sacó o no de la victoria de Salta todo el fruto que pudo dar”; reflejando esa polémica que se proyecta hasta el día de hoy.

Próximo a Belgrano, Paz analiza con sensatez la determinación de su jefe. “Para mejor ilustrar la materia es conveniente fijar las siguientes cuestiones: 1º) ¿Pudo el general Belgrano conceder menos ventajas en la capitulación que otorgó al enemigo o negarla del todo, obligándolo a rendirse a discreción? 2º) Después de hecha la capitulación, ¿debió ceñirse a una observancia tan estrictamente rigurosa como lo hizo, o pudo por una interpretación justa y legal, cuando no fuese por una represalia legítima, suspender y aun anular su efectos? 3º) ¿Era probable que ese ejército juramentado que dejábamos partir después de haberlo hecho pasar por las horcas caudinas, permítase esta expresión, dejase de combatir y fuese amigo nuestro o neutral?”.

En estos tres puntos basa el riguroso cordobés su análisis. Es decir: 1º) ¿Necesitaba realmente Belgrano conceder tan generosa capitulación? ¿No podía acaso exigir una simple rendición? 2º) Concedida esta, ¿debió respetarla? 3º) ¿No se le pasó por la cabeza que ese ejército humillado, al que dejaba escapar ileso, iba a cumplir su palabra y no volver a empeñar las armas contra los revolucionarios?

En este punto, el general Paz, haciendo gala de su conocimiento de la historia de la Roma clásica, alude a las horcas caudinas, que fue una batalla que tuvo lugar durante el año 321 a. C. En esa acción, cuarenta mil romanos cayeron prisioneros de los samnitas, así como sus dos cónsules, que eran los máximos mandatarios de la República Romana. Como condición para liberarlos, Poncio exigió a todos los prisioneros que entregaran sus armas y sus vestimentas; y que sólo conservaran una túnica. Luego dispuso que, desarmados, pasaran, uno a uno, por debajo de una lanza horizontal (en travesaño) sostenida por dos lanzas verticales (como postes). Era como un pequeño arco de fútbol. Al pasar bajo esa estructura, los romanos tenían que agacharse, como señal de sometimiento al vencedor samnita. Era un gesto para humillar a los vencidos. De allí la expresión de “pasar por las horcas caudianas”, que equivale a “pasar por el yugo”, es decir, asistir impotente a un acto humillante y deshonroso.

Paz responde las tres preguntas para analizar, inteligentemente, la determinación de Belgrano. En cuanto a la primera, en su opinión, “es muy probable que, atendido el estado de disolución en que estaba el ejército enemigo el 20 de febrero, después de la acción, se hubiese rendido a discreción”. Es decir, no hubiera hecho falta conceder al enemigo tan generosa capitulación. Belgrano estuvo afuera de la ciudad, durante la acción y no sabía, al caer la tarde, el estado ni la moral del enemigo. Impresionado por lo sangriento de la jornada, quiso evitar lo que pensó que sería una carnicería sin sentido, cuando las cartas ya estaban echadas. En consecuencia, concluye Paz, “hizo bien en otorgar la capitulación, la que no obstante hubiera sido de desear que fuese menos ventajosa al enemigo”.

En cuanto al punto segundo, Paz consideraba que no debió liberarse tan rápido al ejército real. Debió esperarse que el enemigo cumpliera totalmente lo acordado. En efecto, se había previsto que la guarnición realista de Jujuy quedara incluida dentro de los términos de la capitulación. Como retaguardia del ejército de Pío Tristán, sus soldados acantonados en Jujuy debieron también entregar sus armas. Sin embargo, el propio historiador español Mariano Torrente reconoce que ese destacamento se había marchado con sus armas y sus bagajes, sin importarles la capitulación. Concluye entonces Paz que ello “autorizaba al general Belgrano no sólo a suspenderla, sino a romperla y hacer prisionero de guerra a todo el ejército”. Por eso, insiste el autor, Belgrano no debió apresurarse a liberar a los prisioneros, sino una vez que se hubo cumplido con todo lo pactado.

Ya había antecedentes para no fiarse de los realistas. Paz recuerda el sorpresivo ataque que el ejército realista lanzó contra las tropas patriotas que Juan José Castelli había acantonado en Huaqui, el 20 de junio de 1811; producto del cual los patriotas perdieron todo el Alto Perú. El ataque ocurrió mientras estaba en vigencia un cese el fuego por cuarenta días, acordado entre ambos contendientes. Por ello Paz piensa que Belgrano debió desconfiar de sus adversarios. Sin embargo, lo que el general cordobés no menciona es que el mismo Castelli (primo de Belgrano) tampoco iba a respetar ese armisticio y planeaba atacar, igualmente, a Goyeneche, un par de días después. Lo que pasó fue que, simplemente, el enemigo se adelantó.

Lo grave de Goyeneche en Huaqui, a criterio de Paz, fue que atacó a traición, sin denunciar el armisticio, como también lo reconoce el historiador Torrente. En consecuencia, no era de esperar que el enemigo fuera con Belgrano más fiel de lo que ya había sido con Castelli. Ante un enemigo incumplidor de lo pactado, la única razón valedera que Paz veía para liberar alegremente a los prisioneros era que, por su elevado número, se le iba a complicar al ejército patrio custodiarlos.

Sin embargo, dice Paz que algo se podría haber hecho para cuidar tantos prisioneros: se podrían haber utilizado a las milicias gauchas, que recién comenzaban, desde la batalla de Tucumán, a servir en los ejércitos patrios.

No obstante, el tercer punto de su análisis era aún más gravitante. Pregunta si no pensó Belgrano que los prisioneros que dejaban libres respetarían su palabra empeñada. A tal fin, cita al mismo Torrente, que en 1829 escribió su Historia de la Revolución Hispano-americana, a pedido de Fernando VII. De alguna manera, esta obra llegó a manos del cordobés, quien se indigna porque Torrente, sin desparpajo, justifica la violación de la palabra empeñada por los juramentados de Salta, al decir que estos “empeños que no eran, de modo alguno obligatorios, por haber sido contraídos con súbditos rebeldes”.

Cuenta también que, para aliviar la conciencia de los juramentados vencidos, los realistas apelaron a los obispos adictos del Alto Perú para dispensar a los soldados que volvían derrotados de Salta, de su juramento, por considerarlo nulo. Si la máxima autoridad de la Iglesia local instruía a sus fieles sobre la invalidez de un juramento prestado a una banda de herejes rebeldes, era de imaginar el impacto que esta prédica tendría entre los soldados altoperuanos creyentes (casi todos) que retornaban, humillados, a sus hogares.

Belgrano no era ingenuo; por lo que Paz piensa que a nadie se le pasaba por alto que los realistas se iban a quedar de brazos cruzados mientras miles de soldados veteranos suyos volvían a sus casas, sin aprovecharlos. Por lo tanto, conjetura Paz que lo que Belgrano buscaba con este gesto era otra cosa.

El verdadero propósito de Manuel Belgrano

Cree Paz que Belgrano buscó generar un efecto psicológico de empatía favorable a nuestra causa por parte de los soldados altoperuanos. Sin embargo, no cree que semejante esfuerzo valiera la pena. En efecto, concluye el cordobés: “No fueron pues más amigos de los argentinos, que lo habían sido antes; lo que, sin duda, se hubiera conseguido con algún trato, y facilitando las relaciones personales”. Piensa que si el objetivo verdadero de Belgrano era ganar a los altoperuanos para la causa de la independencia, no debió apurarse la partida de los prisioneros, y debió dárseles más tiempo para departir con los soldados patriotas y generar mayores lazos personales con ellos.

No obstante, desde el punto de vista realista, Torrente cree que ese breve roce de los prisioneros altoperuanos con las tropas patriotas fue inconveniente para la causa del rey: “El objeto de un acto de generosidad tan decantado tuvo el resultado que se prometía el general insurgente. Si bien algunos de aquellos militares se incorporaron de nuevo a las filas realistas, sin que se resintiera su delicadeza en faltar a unos empeños que no eran, de modo alguno, obligatorios, por haber sido contraídos con súbditos rebeldes; otros, sin embargo, se dedicaron a pervertir el espíritu público, proclamando el brillo y entusiasmo de las tropas de Buenos Aires, y pintando con los colores más halagüeños la causa que ellos defendían. Fueron, por lo tanto, enviados a sus casas, con decorosas protestas, logrando el objeto que los demás soldados quedasen libres de los venenosos tiros de la seducción, más no los pueblos, cuya opinión acabaron de extraviar los citados individuos”. Es decir, aunque la mayoría no cumplió su juramento, Torrente asegura que hubo algunos soldados realistas que, de regreso a sus lugares de origen, se dedicaron a hablar maravillas del ejército de Belgrano: lograron torcer la opinión de varios pueblos a favor de la revolución; lo cual le serviría al Ejército del Norte en la próxima campaña al Alto Perú, que se aprontaba a abrir. Esto también lo reconoce el propio Paz.

Sin embargo, en ese momento nadie se atrevió a contradecir o a expresar su desacuerdo con la capitulación honrosa concedida por Belgrano: “Si por entonces no mereció esta medida la desaprobación que mereció después, fue porque participábamos de las mismas esperanzas que el general, y porque estas se fortificaban con la intimidad que parecía tener con Tristán, lo que daba lugar a infinitas conjeturas”. Sin embargo, señala el general Paz, el Ejército del Norte desaprovechó esta importante ventaja, al perder un tiempo precioso después de Salta, antes de abrir campaña hacia el Alto Perú, permitiéndole al descalabrado adversario reagruparse y retornar victorioso.

Hoy la historia reconoce unánimemente la buena fe del general Manuel Belgrano, al confiar en el honor de sus enemigos. La guarnición realista de Jujuy, en cambio, no obró de igual modo, ya que pese a conocer los términos de la capitulación, tampoco entregó sus armas y sus bagajes y se retiró al Alto Perú; con lo cual la resolución definitiva de las guerras de la independencia se dilataría por más de doce años.

Juan Pablo Bustos Thames – Publicado en Infobae

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