Ciento ochenta años atrás se enfrentaron en los campos de Pago Largo, una vez más las fuerzas argentinas. Los federales al mando del gobernador entrerriano Pascual Echagüe lucharon aquel día contra el gobernador de Corrientes, Genaro Berón de Astrada, de quien no podía decirse que era unitario, puesto que había enarbolado siempre la causa federal.

Sólo un año duraría la insurrección del caudillo correntino contra el temible Restaurador de las Leyes. El 28 de febrero de 1838, en efecto, el coronel Berón de Astrada -mandatario de su provincia desde hacía cuatro años- se alzó contra Rosas imputándole violación del Pacto del Litoral.

No era el único motivo, por cierto, para alzar la bandera de la rebelión. Ya se había ganado la animadversión del tirano al proclamarse partidario de una Constitución y al defender con bizarría los derechos de su provincia, algo intolerante para la dinámica unitaria del gobernador porteño supuestamente federal.

TREMENDA LUCHA

Así, pues, las diferencias debieron dirimirse en Pago Largo, donde Echagüe tomó la ofensiva. La lucha resultó tan tremenda como cruel sus secuelas, pues los vencidos fueron atrozmente acuchillados en una persecución sin cuartel. Por supuesto, nadie hablaba por entonces de los derechos humanos, al menos con la hilvanada retórica de hoy.

En las filas victoriosas se alinearon hombres de nombradía, como el general Justo José de Urquiza, quien habría de seguir los pasos de Berón de Astrada, con mayor fortuna, doce años después. El propio Echagüe comandaba otra columna, en tanto que el correntino dirigía sus fuerzas, consistentes en cinco mil hombres de las tres armas que incluían cuatrocientos cincuenta de infantería con tres piezas de artillería.

“El arrojado general Gómez y el intrépido general Urquiza -escribió el jefe entrerriano en su parte a Rosas-, siguiendo con admirable uniformidad la orden dada, se precipitaron sobre el enemigo con la mayor bravura”.

Resultado del indudable arrojo de los atacantes fueron los fríos números del desenlace: casi dos mil muertos tuvieron los correntinos, incluyendo el mismo Berón de Astrada y ochenta y cuatro jefes y oficiales.

“Además -contabilizó prolijamente el gobernador Echagüe-, cuatrocientos cincuenta prisioneros, quinientos fusiles de infantería, mil quinientas lanzas, trescientos setenta cacerolas y casi igual número de sables fuera de los que diariamente se recogen del campo en las direcciones que llevaron en la fuga los pocos que lograron escapar, seis carros de municiones de artillería, infantería y caballería, más de cuatro mil caballos, un estandarte, su archivo de campaña. Todo cuanto pertenecía al equipo y bagaje del ejército rebelde forman el trofeo de esta gloriosa jornada”.

No precisamente gloriosa para el sentido argentino de unidad, pero sí al menos para una de las facciones en pugna. Al menos, la legendaria bravura de Berón de Astrada no feneció con su cadáver. Los correntinos siguen recordándolo con unción.

Armando Alonso Piñeiro – Diario La Prensa