La vida de varios personajes que integran una segunda línea de la historia argentina, con sus grandezas, logros, miserias y desventuras, suele exceder el punto medular por el cual alcanzaron la notoriedad surgida de un acontecimiento determinado que les confirió pergaminos para acreditar la futura condición de próceres. Francisco Narciso de Laprida es uno de esos personajes.

El haber sido presidente del Congreso de Tucumán que el 9 de julio de 1816 declaró la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata de la corona española quizás sea la mayor distinción de Laprida, un abogado que llegó a esa instancia crucial como el diputado más joven, con 29 años.

Nacido en San Juan en 1786, se graduó como doctor en leyes en la universidad San Felipe de Chile y aportó dinero propio para ayudar a la formación del Ejército de los Andes, honrando de ese modo la sólida amistad que mantenía con el general José de San Martín, y con el tiempo se convirtió en un fervoroso unitario que puso el cuerpo en esa causa.

Antes de ahondar en su participación en la lucha contra los federales, en la que tuvo el peor de los finales, vale destacar algunos puntos de este patriota que tuvo que pedir un permiso a la Iglesia para contraer enlace matrimonial con su prima por parte de madre, Micaela Sánchez de Loria, con quien tuvo tres hijos.

Cuando fue elegido en 1815 como segundo diputado por San Juan para participar del Congreso de Tucumán, ya que el primero era fray Justo Santa María de Oro, rechazó la nominación al enterarse que en los comicios respectivos no habían votado los vecinos de los barrios humildes de la capital sanjuanina.

En términos de la política actual esa postura de Laprida suena a naif y lo cierto es que hubo que bregar mucho para convencerlo que aceptara la diputación con la que fue a Tucumán y por obra del destino y de la rotación mensual que tenía el cónclave independentista, le tocara en julio de 1816 ejercer la presidencia.

Tras ese episodio central, volvió a su provincia donde la agitación y la violencia eran generadoras de una convulsión permanente. Su convicción como unitario lo hizo tomar posturas rígidas que lo llevaron a la cárcel de la cual salió gracias a la movida realizada por un grupo de damas sanjuaninas que pidieron su libertad.

Los días tras las rejas galvanizaron sus ideales y ya libre se unió a las tropas de Juan Agustín Moyano para luchar contra los federales en una dinámica que conoció su punto final y a la vez el comienzo de su tragedia tras la batalla de Pilar, del 22 de setiembre de 1829.

En esa contienda las montoneras a cargo de José Félix Aldao, lugarteniente de Facundo Quiroga, se impusieron de modo aplastante y decidieron exterminar a la mayor cantidad de rivales. En ese contexto un joven sanjuanino llamado Domingo Faustino Sarmiento salvó su pellejo de milagro, como lo narró años después en su libro “Recuerdos de Provincia”.

Es más. Los dos huyeron juntos pero tomaron distintos caminos. En el caso de quien fuera titular del Congreso de Tucumán, el equivocado. Las tropas de Aldao le dieron alcance y según Sarmiento, vio cuando Laprida era literalmente “cosido” a puñaladas por sus perseguidores.

Sin embargo existen sobre el modo que fue ultimado Laprida otras versiones no menos escabrosas. Una refiere a que herido tras su captura, fue enterrado hasta la cabeza para que una tropilla de caballos le pasara por encima y le dieran una muerte atroz. La tercera indica que fue encerrado, herido, en un calabozo donde lo dejaron morir y hasta incluso que su cadáver se pudriera en la oscuridad de la celda epicentro de un tormento forjado en el odio irracional que arrasó con la vida del abogado que apenas trece años antes, en Tucumán, pensaba en un futuro mejor.

Por Sergio Tomaro

Publicado en Diario Popular