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El 21 de marzo de 1812 el Obispo Benito Lué celebró su cumpleaños en la quinta episcopal de San Fernando, donde residía en una especie de retiro o detención domiciliaria ordenada por el Primer Triunvirato.

Esa noche más de cien invitados asistieron, entre ellos destacadas figuras políticas de la época y algunos enemigos notorios del Obispo que acudían por primera vez a la Quinta.

En la mesa sirvieron carne asada, chorizos, morcillas, riñones, jamones, pollos, gallinas, pichones, patos y pavos. Todo acompañado por buen vino y postres preparados por negras mulatas.

Hubo un clima de camaradería; charlaron, brindaron y se despidieron con saludos, buenos deseos y bendiciones.

A la mañana siguiente, el Obispo no se levantó temprano como era su costumbre. Cerca de las 8:30 horas de la mañana, sus criados preocupados ingresaron al cuarto y encontraron muerto a Monseñor en la cama.

Pronto la ciudad se inundó con el rumor del envenenamiento, incluso hasta señalaban al archidiácono de la Catedral, Andrés Ramírez, acérrimo enemigo del Obispo, como el autor.

El Triunvirato, rápidamente aseguró que se trató de causas naturales y prohibió cualquier otra versión que pudiere circular.

El Obispo Lué era asturiano, nació en Lastres. En su juventud, fue oficial del Ejército, pero al enviudar ingresó a la carrera eclesiástica; estudió Teología en Santiago de Compostela y fue Deán de la Catedral de Lugo.

El Papa Pío VII lo designó, en 1802, Obispo de Buenos Aires.

Era leal al Rey y al Papa, podía despertar adhesiones sinceras y odios perdurables. Según escribe Guillermo Furlong, “Era duro e irascible, pero generoso y sacrificado”.

No le tocaron tiempos fáciles en el Río de la Plata. Ante las invasiones inglesas, demostró un don para la diplomacia. Con paciencia y firmeza defendió la libertad de cultos e intercedió por la vida de soldados criollos condenados a muerte.

En 1809, cuando ocurrió la asonada de Álzaga, algunos lo acusaron de haberla apoyado para destituir a Liniers. Otros afirman que sus intervenciones evitaron un baño de sangre en aquellas jornadas.

Su participación en los sucesos de la Revolución de Mayo de 1810, fue al menos “contradictoria”. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo, su postura fue “que mientras hubiera un español vivo en el mundo a él deberíamos rendirle lealtad”.

Cuando Juan José Castelli, el orador de la Revolución, quiso refutarlo, Lué sostuvo que no estaba dispuesto a discutir, sólo expresaba su pensamiento.

El Obispo Lué aceptó al nuevo gobierno, en cuya junta estaba el sacerdote Manuel Alberti, pero se excusó de asistir al Juramento de la Junta. Sólo cinco de los veinticuatro sacerdotes de la Diócesis lo apoyaban.

La Revolución era audaz, pero no llegaba al extremo de fusilar a un hombre de la Iglesia. ¿Qué pasó entonces? Quizás nunca lo sabremos.

Los revisionistas hispanos consagraron al Obispo Lué con el título de “Mártir de la Lealtad”. ¿Lealtad a quién? A Dios, a la Iglesia Católica y a Fernando VII.

Escribe: Horacio Lucero