¿Qué hacia en estas tierras este militar que hablaba como español, tenía modos de francés y se relacionaba con los ingleses?

Nacido el 25 de febrero de 1778, el primer interrogante que se presenta al hablar de José Francisco de San Martín y Matorras es, ¿quiénes fueron sus padres?
La historia oficial y documentada dice que fue el quinto hijo del matrimonio del entonces teniente gobernador de Yapeyú, Juan de San Martín y Gregoria Matorras del Ser, prima hermana de Jerónimo Matorras, gobernador y capitán general del Tucumán. Los antecedentes militares y políticos españoles de San Martín son insoslayables. Pero también existe la versión mal llamada “romántica”, en la que se dice que fue el hijo ilegítimo del amorío entre el capitán español Diego de Alvear y la criada guaraní Rosa Guarú; hecho que lo convertiría en hermanastro de Carlos María de Alvear. San Martín, sería un mestizo, condición que lo acercaría más a una “identidad nacional”; pero esta versión carece de sustento documental.

Luego de un breve período en Buenos Aires, con tan sólo 7 años de edad, se embarca a España y apenas cumplidos los 11, ingresa a la Academia Militar. Tanto en tierra como en mar, su carrera militar fue intensa y brillante; vivió todos los sinsabores de la guerra: heridas de batalla, derrotas, fue prisionero del ejército napoleónico e incluso sufrió una peligrosa herida cuando le robaron la paga de un batallón, hecho por el cual fue sancionado.

Quiso el destino, que mientras servía a la corona española, le tocase combatir a las órdenes del general inglés William Carr Beresford, el mismo que dos años antes, había gestado la primera invasión inglesa. En esa campaña, conoció a James Macduff, un Lord escocés que lo entusiasmó con las ideas republicanas, liberales e independentistas del nuevo mundo, así como con los principios de la masonería, organización fuertemente ligada a estas empresas libertadoras. San Martín se convierte en masón en Cádiz en 1808.

El 6 de septiembre de 1811, San Martín renuncia a su carrera militar en España y viajar a Londres, en donde, junto a Carlos María de Alvear, José Matías Zapiola, Andrés Bello y Tomás Guido, entre otros, se suma a la logia Gran Reunión Americana, espacio de debate, apoyo y planificación de los libertadores de la América de habla hispana. Es allí donde se supone que San Martín conoce el plan de conquista de Latinoamérica de Thomas Maitland, que es exactamente el que aplica para liberar la Iberoamérica.

Don José se embarca con destino a Buenos Aires junto a algunos de “sus hermanos” y al llegar al Río de la Plata, participa de la reorganización del gobierno nacional, de la profesionalización de las fuerzas armadas y de la conformación de la logia Lautaro, organización cuyo objetivo central era la independencia de estas tierras.

Pero San Martín despertaba sospechas. ¿Qué hacia en estas tierras este militar que hablaba como español, tenía modos de francés y se relacionaba con los ingleses? Don José fue acusado en la misma proporción, de ser espía de estas tres potencias.
Quizás fue para borrar esas sospechas, o quizás fue por puro amor, pero el hecho es que, a los 34 años, se casó con María de los Remedios de Escalada, de tan solo 14 años de edad. No falta quien alude que se trató de un matrimonio “arreglado”; a San Martín le servía el apoyo de una familia “aristocrática” de Buenos Aires y los Escalada veían en el general un futuro promisorio.

Pasó la batalla de San Lorenzo, que junto al héroe Cabral, fueron brillantemente elevados a iconos patrios en el marketing independentista y en el fogoneo de la moral de la tropa.
San Martín sufría de reuma, lo que lo llevó a consumir opio para calmar los fuertes dolores que padecía (era lo que se acostumbraba). Pero este hábito le produjo un cierto grado de adicción, dolores abdominales y hemorragias digestivas, las que en más de una oportunidad, lo dejaron postrado durante varios días.

Apenas 5 años después de haber arribado a la Argentina, este “paisano” sospechado de “espía europeo”, profesionalizó las milicias, reorganizó el Ejercito del Norte, presionó en forma determinante a los congresistas de Tucumán para que de una vez por todas declaren la independencia y se convirtió estratégicamente en gobernador Mendoza, lugar donde “creo” un ejército ad hoc destinado a llevar adelante el temerario cruce de Los Andes (una proeza militar superior incluso a la de Aníbal Barca) y liberar con él a Chile y Perú del dominio español, para unirse finalmente con Simón Bolivar en Guayaquil, Ecuador; luego de casi 5 años de batallar contra los realistas fuera de Argentina.

Lo que hablaron estos dos generales, en las 6 horas que duró la reunión privada que mantuvieron, nunca se sabrá. Sólo se pueden realizar algunas especulaciones. Lo indiscutido es que, más que una conferencia entre militares, esta fue una reunión entre hermanos masones. Ambas figuras eran demasiado importantes como para comandar a la par el ejército; por esa misma razón, no era posible que uno se subordinase al otro, tal como se ofreció Don José; finalmente (se especula), acordaron en dividir tareas, Bolivar se quedaría terminar la campaña militar y San Martín viajaría a Europa, buscando el indispensable reconocimiento de la independencia de estas nuevas naciones, ante los países del viejo continente.

Desandado el camino hasta Mendoza, Don José se entera del estado terminal de su esposa Remedios, enferma de tuberculosis a sus jóvenes 26 años. El matrimonio no fue un lecho de rosas y el amor que quizás algún día existió, era cosa del pasado. Lo cierto es que José tuvo varias amantes: María Josefa Morales, la mulata Jesusa, Rosa Campusano, y Carmen Mirón y Alayón. Por su parte, Remedios no se quedaba atrás; mantuvo amoríos con Bernardo de Monteagudo, Gregorio Murillo y Joaquín Ramiro.

Los unitarios que gobernaban el país, guardaban cierto recelo para con el general. Años atrás, San Martín había desoído la orden de atacar a los caudillos federales, hecho que no fue olvidado y sus enemigos convertían en muy inseguro su viaje a Buenos Aires, donde estaba convaleciente su esposa.

Sólo pudo llegar allí luego de su muerte; después del oficio, tomó a su hija Merceditas, arrancándola de su “malcriadora” abuela materna (que también lo ninguneaba a él) y en 1824 embarcó con destino a Europa, por el mismo puerto que 12 años atrás lo vio llegar.
No pudo llegar a Francia, pues el clima político del momento le era adverso, por lo que cambió de rumbo y se dirigió a Inglaterra, para luego pasar por Escocia, Bélgica y finalmente terminar sus días en una Francia más amigable. En su periplo, consiguió algunos reconocimientos a la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y en otros casos dio los primeros pasos a tal efecto.

Haciendo un pequeño paréntesis, otro dato que confirma su pertenencia a la masonería, es la medalla que acuñó en Bélgica, el Capítulo Rosacruz “Los Amigos de Bruselas”, institución masónica de gran jerarquía. Eterno amante y defensor de estas tierras, en 1827, ofreció sus servicios durante la guerra con el Brasil (después de que renunciara a la presidencia su enemigo Rivadavia), pero la contienda llegaba a su fin por lo que no fue necesaria su presencia.

En 1829, San Martín se encuentra de incógnito a bordo del buque Chichester en el puerto de Buenos Aires, está a un paso de volver a su patria a pasar sus últimos días como civil, pero las convulsiones internas y el fusilamiento de Dorrego lo hacen desistir; desembarca en Montevideo, donde al ser descubierto, recibe la visita de varios amigos y la propuesta de Lavalle de hacerse cargo del gobierno de Buenos Aires, oferta que rechaza sin dudar. Días más tarde, volverá a cruzar el Atlántico para no volver.

Termina sus días en Boulogne-sur-Mer, en la costa francesa, a los 72 años; exhibiendo una riqueza gigantesca, no una fortuna material (dicho sea de paso, tenía un muy buen pasar), sino un enorme capital humano y cívico, patentizado en su modestia, en su vida sobria y austera, y en su ausencia absoluta de avaricia y vanidades.

LA MASONERIA Y LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS
Considero que la independencia de toda la América, fue un experimento pergeñado por la masonería, organización muy identificada con los principios liberales y republicanos que florecían en esos tiempos. Nada mejor para este ensayo, que un territorio “a estrenar”, sin los vicios del viejo continente; ideal para crear el “Nuevo Mundo”.
No es casualidad que en todos los países de esta latitud, los protagonistas principales de las revoluciones, fuesen masones. Desde los padres fundadores de Estados Unidos, Thomas Jefferson, John Adams, Benjamín Franklin y George Washington; hasta los latinoamericanos Francisco de Miranda, Bernardo O”Higgins, Simón Bolivar, Carlos María de Alvear, Cornelio Saavedra, Juan José Pasos y el propio José de San Martín, entre tantos otros.

Incluso la masonería española jugó una carta fundamental en esta gesta. En 1820, el comandante y masón Rafael del Riego y Núñez, debía embarcarse al frente de un ejército de 20.000 hombres, para sofocar las revoluciones de las colonias; pero sorpresivamente se reveló antes de partir y proclamó la constitución liberal de 1812. La independencia americana y la masonería se encuentran profundamente conectadas entre sí.

Escribe: Rogelio López Guillemain

Publicado en Diario La Prensa