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Vendían peperina en Embalse y hoy se preparan para exportar

Diego Martínez y Priscila Luján son modelos de emprendedores. Comenzaron como vendedores ambulantes de hierbas y caramelos. De a poco, iniciaron una empresa que ya fabrica 50 mil barras de cereal por mes. Cada peso, lo invirtieron en capacitación y en la firma.

Hace apenas seis años, Diego Martínez (33) y Priscila Luján (27) vendían peperina en el muro del lago de Embalse. Ahora, producen 50 mil barras de cereal cada mes y están a punto de despachar la primera tanda a Perú.

Un fuerte espíritu emprendedor y un objetivo que siempre mantuvieron en el horizonte fueron los motores. Sólo sabían que querían “hacer algo innovador”, pero no contaban ni con un mínimo capital para arrancar. Con algunas capacitaciones en comercialización y un sueño al que apostaron todo, decidieron dejar las carreras universitarias que estudiaban en Córdoba y radicarse en Embalse, de donde Diego es oriundo.

Audio Diego Martínez – Bicho de Ciudad – AM 930 RVM

“¿Dónde se ha visto a empresarios de 21 años?”, reaccionó la mamá de Priscila, cuando ella le anunció que abandonaría tercer año de Administración de Empresas para vivir con su novio en Embalse y crear su propia empresa. Diego dejó Psicología en quinto año.

La joven vendió un anillo que le habían regalado cuando cumplió 15 para dejar Córdoba y recorrer los 120 kilómetros hasta Embalse. Se instalaron en la casa de la familia de Diego. No tenían trabajo ni dinero. Tenían un sueño.

Comenzaron a vender lo que Martínez padre recolectaba y ofrecía a los turistas en el complejo de hoteles estatales. Una mañana fría se instalaron en el muro del dique, con cedrón, poleo y peperina. Es un sitio habitual para vendedores de pastelitos y pan casero. “Ese día no vendimos absolutamente nada”, recuerda Diego.

Venta ambulante

Insistieron y la venta ambulante se convirtió en rutina diaria. Con el tiempo, se trasladaron al predio de los hoteles, y sumaron productos derivados de la miel. Priscila sonríe, evocando el pánico que le causó la primera vez que subió a un colectivo de excursiones para ofrecer a viva voz los caramelos. Pero subió, y volvió a subir una y otra vez.

“Hay varias cosas que entendimos, una es que a veces un emprendedor tiene que tener dos remos. El urgente, para seguir viviendo, y el importante”, apunta Diego.

Mientras hacían “la calle”, seguían pensando en el sueño: empezaron a golpear puertas para solicitar apoyo, como la del municipio, y buscar un lugar para instalar la empresa. Era una idea, pero que habían volcado en un proyecto y un plan.

A los meses, la fábrica de caramelos artesanales que habían diseñado en un curso de creación de empresas innovadoras, comenzó a andar. En un cuarto de 40 metros cuadrados nació “Reinas Argentinas, caramelos gourmet”.

“Nuestra vida se dividía en dos: a la mañana íbamos a los hoteles a vender y de ahí a la fábrica a producir y a salir a ofrecer a hoteles y almacenes”, recuerdan.

Luego, dos días a la semana ya producían hasta 16 horas diarias, cargaban los caramelos que envolvían a mano y recorrían las sierras para venderlos. “Dormíamos arriba de la chata, se acababa la mercadería y volvíamos”, precisa él.

A los caramelos premium , sumaron otra línea más económica, de caramelos medicinales, que les abrió las puertas hacia “el mercado de lo saludable”.

Mirando hacia el exterior y leyendo estudios de mercado advirtieron que las barras de cereal y los alfajores eran las categorías de alimentos que más habían crecido. Y se fijaron en un nicho intermedio, entre las pequeñas producciones artesanales y las empresas industriales. Ahí decidieron su nueva apuesta: las barritas Bior.

Con dos mil pesos que les prestó Matías, un amigo, compraron insumos. Sin conocer demasiado de alimentos, confeccionaron las primeras barritas, a prueba y error. “Nos pusimos con las ollas a probar días y días, y logramos armar una”, recuerdan hoy.

“Era 24 de diciembre, teníamos que aportar algo para la mesa familiar y dijimos, vamos a vender ya, por lo menos para comprar la ensalada de fruta”, cuenta uno, y el otro asiente. Salieron con 120 barritas en una valija a recorrer comercios en Córdoba. Las vendieron todas.

Fabricaban, cargaban la valija y vendían. Sumaban ciudades cordobesas a la lista. “Pedíamos un mapa en las oficinas de turismo y caminábamos negocio por negocio, hasta que vendiéramos todo, y así cada vez”, cuenta Priscila.

En dos meses, ya tenían 350 puntos de ventas. Aquella experiencia de venta cara a cara con turistas les dio una gran gimnasia que explotaban en cada recorrido.

El despegue

Luego sumaron un socio, Gabriel Arias, que acompañó el crecimiento. Pasaron de una fábrica de 40 metros cuadrados con actividades manuales, a un espacio de 350 metros con automatización completa. Hoy, tienen cuatro empleados, oficinas comerciales en Córdoba y la pareja ya hizo base en Buenos Aires, desde donde gestionan la expansión. Fabrican 50 mil barras mensuales pero ya tienen capacidad instalada para bastante más.

Las barras se venden ahora a través de distribuidores en todo el país y avanzan en los trámites de exportación con Perú y con posibilidades de abrir mercados en Estados Unidos, Uruguay y China. Con interesados en invertir en la firma y gestionando venta a grandes cadenas, siguen creciendo.

Ahora tienen en agenda el lanzamiento de nuevos productos: uno es el “alfasnack”, que mezcla chocolates y frutas. El sueño se prolonga. El techo no lo conocen.

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